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Cuestiones sanguíneas

Óscar Díaz | 10 de febrero de 2015

La sangre bulle, hierve, corre, se hiela. Se lucha a sangre y fuego y se mata a sangre fría, aunque las más de las veces procuramos que no llegue la sangre al río… La limpieza de sangre marcaba de por vida, la circulación de la sangre y su estudio fue otro madero en la hoguera de Miguel Servet, la sangre azul sigue filtrando y separando a los privilegiados de nacimiento y Churchill prometía sangre, sudor y lágrimas. La sangre se multiplica en las referencias literarias y cinematográficas, no siempre relegada al terreno del thriller barato ni del terror de serie B. La sangre sirve de metáfora potente y evocadora, sin que por ello pierda su esencia dadora de vida. Y también, cómo no, tiene su sitio en un deporte aparentemente incruento como el golf.

Para empezar, en los últimos meses los jóvenes tiburones huelen sangre en el agua. Tiger Woods y Phil Mickelson, líderes indiscutibles hasta hace no tanto, han pasado de depredadores veteranos a carnaza vulnerable. Parece que los escualos jovenzuelos carecen del instinto asesino de sus mayores, en particular del exnúmero uno del mundo en su mejor momento, pero ninguno de ellos ha tenido que soportar la tiranía de Woods ni conservan las cicatrices psicológicas que mantuvieron a raya a la generación anterior. McIlroy, Day, Spieth (sangre fresca, savia nueva) son jugadores de mirada amable y gestos contenidos, pero no por ello menos feroces. Y tres de ellos ya han vertido primera sangre en esta temporada, dando auténticas exhibiciones mientras los veteranos se lamen las heridas. Woods y Mickelson, entretanto, siguen buscando la clave de su swing y procuran no hacerse mala sangre pese a su atribulado comienzo de temporada.

La sangre también ejerce de testigo, juez y jurado en el deporte. Que se lo pregunten a Dustin Johnson, alejado seis meses de los campos de golf, aunque la naturaleza de su mácula sanguínea quedará para siempre enterrada por la inexplicable opacidad del PGA Tour. Mal precedente cuando el golf está a punto de afrontar su primer examen olímpico después de más de un siglo de ausencia. La Federación Internacional de Golf es responsable de la reintroducción del golf en los Juegos Olímpicos, pero el PGA Tour no ha firmado el código implementado por la Agencia Mundial Antidopaje. Por lo tanto, los jugadores aspirantes a representar a su país tendrán que conocer la diferencia entre la reglamentación del circuito y la de la Federación Internacional, además de estar siempre disponibles a partir de mayo de 2016 para someterse a cualquier visita de los “chupasangre”, como sucede en otros deportes.

De momento en el golf no abundan los casos de sanciones por doping, aunque hace escasas fechas Bhavik Patel, jugador del Web.com Tour, ha sido sancionado durante un año por el PGA Tour y el amateur sudafricano Christiaan Bezuidenhout también daba positivo por betabloqueantes en el pasado Amateur Championship y le ha sido impuesta una sanción de nueve meses.

Los betabloqueantes calman los nervios, contienen el pulso y frenan el discurrir de la sangre por las venas. Aunque en el caso del amateur sudafricano su uso parecía justificado y prescrito, siempre han sido sustancias sospechosas en el ámbito del golf. En los mentideros golfísticos (incluso dentro de los circuitos) se achaca su uso a la aparición de misteriosas rachas de buen juego en golfistas que nunca habían destacado.

La amenaza de la sangre sucia se cierne también sobre un deporte basado en el honor, y no podemos caer en el error de refugiarnos en el carácter singular del golf y en la limpieza histórica de su código si queremos que sea aceptado permanentemente dentro del programa olímpico y reciba la misma consideración que las demás disciplinas.

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