Europa ha logrado imponerse a Estados Unidos en la trigésimo octava edición de la Ryder Cup celebrada en el campo galés de Celtic Manor después de que Graeme McDowell lograra el punto decisivo en el último partido y pusiera fin así al intento de remontada estadounidense.
Europa había salido con tres puntos de ventaja a la jornada de individuales, enfrentamientos tradicionalmente favorables al equipo estadounidense, y tuvo que esperar hasta el penúltimo hoyo del torneo para hacerse con el título en una jornada atípica, por celebrarse el lunes y por la presencia del sol que había esquivado el campo galés durante las tres jornadas precedentes.
Cuando el lejano intento para par de Mahan en el hoyo 17 se quedó a unos centímetros de alcanzar el hoyo y Graeme McDowell, el aguerrido norirlandés, se hizo con la victoria en su partido, todo fue una marea de abrazos, confusión, lágrimas, gritos, vítores y alegría.
En aquellos momentos, y aunque el tumulto producido tras la invasión del green del 17 añadió un matiz caótico al final de la competición, ya nada importaba: la copa volvía a estar en manos del equipo europeo; los jugadores no sabían a quién abrazar, besar o empapar con champán; el equipo técnico buscaba a Monty para agradecerle su esfuerzo y remarcar su merecido papel de artífice de la victoria; y todos buscaban a Graeme McDowell, el norirlandés de Portrush, que se establece para siempre en la élite mundial y en los corazones de los seguidores europeos después de exhibir una vez más su garra cuando todo dependía de él.
Todo quedaba atrás y carecía de importancia: las discusiones bizantinas (o no tan bizantinas) acerca de la conveniencia del campo, las maldiciones entre dientes dedicadas a las inclemencias meteorológicas, la actitud indolente por momentos en los primeros días de competición de las principales estrellas estadounidenses, las cábalas sobre la justicia de las elecciones de los respectivos capitanes…
Pero volvamos atrás unas horas e intentemos hacer un repaso cronológico a todo lo ocurrido durante la jornada de hoy.
Después de que los capitanes se convirtieran ayer por unos instantes en émulos de Clausewitz o de Sun Tzu y dejaran muy claras sus intenciones al anunciar el orden de los emparejamientos, solo faltaba ver cómo se desarrollaba la acción. Ambos optaron por una fórmula similar: poner casi toda la artillería en los primeros partidos (al menos la artillería en la que confiaban) y reservarse un par de bazas en los partidos postreros por si había que recurrir a la “heroica”. Pavin fue cuestionado por colocar a los dos primeros jugadores del mundo en el ránking mundial en los puestos octavo y décimo, pero nadie discutió que el terceto inicial compuesto por Stricker-Cink-Furyk fuera el ideal para cimentar la posible remontada.
En el tee de salida, magnífico ambiente, risas, gestos de complicidad y cánticos (¡qué cánticos!). Desde “There’s only one Ballesteros” (Ballesteros no hay más que uno) a “You’ve got Big Mac, we’ve got Little Mac” (vosotros tenéis el Big Mac; nosotros tenemos a Little Mc… Ilroy, claro está), pasando por el “He’s got more hair” que le dedicaron al melenudo McIlroy al compararlo con el alopécico Stewart Cink, que se lo tomó con humor y se quitó la gorra para frotarse la calva.
Pero una vez puestos al tee, se acabaron las sonrisas. Como se esperaba, los tres primeros partidos fueron un toma y daca encarnizado. Westwood se adelantó en el primero, pero Stricker se mantuvo al acecho y demostró que la contundente derrota sufrida a manos de Donald y Westwood del día anterior no era más que un bache anecdótico.
Mientras, McIlroy ganaba los dos primeros hoyos pero perdía los tres siguientes y tuvo que vérselas con un Cink imperial, y Donald era el único que parecía destacarse desde el principio. Por detrás, Poulter comenzaba de manera electrizante, Fisher prolongaba su estado de gracia del día de ayer, Jiménez no tardaba en destacarse y los hermanos Molinari ponían un par de hoyos de ventaja en el marcador ante el número 1 del mundo y Rickie Fowler, respectivamente. El azul imperaba en los cielos de Gales y en el marcador de Celtic Manor.
Pero no tardaron en cambiar las tornas: por delante, Stricker tomaba el mando en la fase final del partido, Cink amenazaba con romper su match echando mano de su amplio repertorio, Furyk recortaba distancias pese al gran juego de Donald y los partidos posteriores empezaron a decantarse del lado estadounidense.
Para empezar, los europeos sufrieron el instante “George A. Romero” de la Ryder: los muertos vivientes estadounidenses (Dustin Johnson, Phil Mickelson y, en menor medida, Tiger Woods) decidieron resucitar en el peor momento para los intereses azules: Johnson se vengaba de la derrota sufrida a manos del alemán Kaymer en el PGA Championship, Phil Mickelson arrasaba a un despistado Hanson y Tiger le daba la vuelta al enfrentamiento con el pequeño de los Molinari desplegando su mejor juego, ése del que solo hemos visto destellos desde su vuelta a la actividad, y firmando 9 bajo par en 14 hoyos. Sin embargo, el único “zombi” golfístico de la Ryder que no volvía a la vida era europeo, irlandés para más señas (Padraig Harrington), y solo amagó una leve reacción cuando el partido ya estaba perdido.
Después de que Jeff Overton (de cenicienta según todos los pronósticos a héroe estadounidense) le diera la vuelta al partido con Fisher, comenzaron los nervios y los cálculos en el bando europeo. Cada medio punto era vital, cada putt, crucial; cada fallo, una losa.
Stricker y Johnson subieron los primeros puntos al marcador estadounidense y la clasificación se apretaba; McIlroy nos llevaba al borde del infarto tras fallar una sacada de búnker en el 18 y otorgar a Cink la posibilidad de ganar el partido si llega a acertar con su putt (al final, medio punto para el norirlandés); y Donald certificó su victoria en el green del 18, con más sufrimiento del debido, después de que Furyk encontrara el búnker de green en su tercer golpe.
Los siguientes cruces estaban muy decantados (en un sentido u otro) y los europeos necesitaban sumar punto y medio en los partidos de Edoardo Molinari ante Rickie Fowler (cuatro arriba a falta de cinco hoyos) y Graeme McDowell ante Hunter Mahan (tres arriba en el tee del 12). Por supuesto, no podemos olvidarnos de la brillante victoria por 4&3 de Miguel Ángel Jiménez ante Bubba Watson, su primera victoria individual en la Ryder y un gran colofón para la participación del de Churriana.
Y entonces saltó la sorpresa encarnada en un jugador de 21 años con porte de ídolo adolescente que protagonizó el que probablemente haya sido el momento más brillante de la Ryder, si dejamos al margen la decisiva actuación postrera de McDowell.
Rickie Fowler, tercer mejor récord histórico en la Walker Cup, llegó al tee del 16 necesitando ganar tres hoyos seguidos, tres auténticos huesos, para arrebatarle medio punto al mayor de los Molinari, que hasta el momento se había mostrado intratable. En el largo hoyo 16, un peliagudo par 4 de casi 500 yardas, empaló un hierro medio perfecto desde el semirough y embocó un gran putt para birdie. En el 17 volvió a salvar otra bola de partido con otro birdie espectacular, y en el 18 sumió a Molinari en la más profunda de las simas tras embocar su cuarto birdie consecutivo (en el 15 también lo había logrado), un putt cuesta abajo de más de cinco metros con caída de derecha a izquierda.
Mientras Olazábal intentaba consolar a un derrumbado Molinari, el equipo estadounidense se echaba encima de Fowler para felicitarlo. El chaval en una competición de hombres había dado una clase magistral de juego en los momentos decisivos, y abría la puerta a la victoria estadounidense. Mahan solo necesitaba medio punto para empatar la contienda y dar así el triunfo al combinado americano (recordemos que los poseedores del título lo retienen en caso de empate).
Por detrás, los tres hoyos de ventaja de McDowell se quedaron en uno solo después de jugar el hoyo 15, par 4 tentador cuyo green se ha convertido en objetivo de los drives de los jugadores durante toda la competición.
Pese al revés del 15, McDowell recobró su presencia de ánimo y jugó el 16 de libro: drive al centro de la calle mientras Mahan se iba al rough de la izquierda, hierro 6 a green y putt cuesta abajo con ligera caída que tardó una eternidad en recorrer sus escasos cinco metros. La bola cayó en la última vuelta, por el borde derecho, con suspense… y el Twenty Ten Course de Celtic Manor estalló de júbilo.
Aun así, había que certificar la victoria… y visto lo ocurrido con Fowler y Molinari ya nadie se atrevía a vender la proverbial piel del oso. No obstante, a Mahan le pudo la presión y el peso de la responsabilidad en el 17 y, tras una salida deficiente, pegó un salto de rana en su approach y dejó abierta de par en par la puerta a la victoria europea. Después de fallar su putt, aconteció lo que ya hemos narrado al principio de la crónica.
Todo lo demás daba igual: Europa había ganado la Ryder Cup.
Bubba Watson Celtic Manor Resort Colin Montgomerie Corey Pavin Dustin Johnson Edoardo Molinari European Tour Francesco Molinari Graeme McDowell Hunter Mahan Ian Poulter Jeff Overton Jim Furyk José María Olazábal Lee Westwood Luke Donald Martin Kaymer Matt Kuchar Miguel Ángel Jiménez Padraig Harrington Peter Hanson PGA Tour Phil Mickelson Rickie Fowler Rory McIlroy Ross Fisher Ryder Cup Steve Stricker Stewart Cink Tiger Woods Twenty Ten Course Zach Johnson
1 comentario a “Europa se lleva una Ryder de vértigo”
Sufrida y trabajada victoria española, en la que, por fin, Miguel Ángel Jiménez jugó un papel protagonista! 😛
Vaya cómo se complicó el torneo cuando E Molinari dejaba escapar medio punto ante Rookie Fowler y por detrás Mahan acortaba diferencias con G-Mac…
Se confirmó que Harrington sobraba… ¿no debería de haber renunciado él en vista de su lamentable estado de forma?
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