Probablemente hayan oído hablar de Mark Broadie, un profesor de la Universidad de Columbia que dice que patear no es, ni mucho menos, tan relevante en el resultado de una vuelta de golf como el juego de tee a green. Hace unos días sacó al mercado Every Shot Counts (Cada golpe cuenta), el libro con el que esperaba expresar sus motivos para echar por tierra uno de los dogmas que ha arrastrado este deporte hasta la fecha. Si no está usted de acuerdo con él, debería leerlo, y si ya lo está y no le apetece explicárselo a alguien, remítale simplemente a esta obra. Porque en Every Shot Counts no se recoge una postura de su autor, sino que se demuestra matemáticamente por qué tiene razón.
Y no tarda mucho en conseguirlo. Broadie cimenta su demostración en dos bases de datos completas y amplísimas. Por un lado, los recogidos por Shotlink, un sistema propiedad del PGA Tour que recoge información de todos los golpes pegados por los profesionales que participan en sus torneos, usando medidores por láser y unos 350 voluntarios por evento. Según el propio circuito, existe un margen de error máximo de una yarda en cada golpe largo. Los datos que maneja Broadie corresponden a la etapa 2003-2012, un paquete de más de diez millones de impactos.
Por otro lado, utiliza un programa desarrollado por él mismo llamado Golfmetrics, que básicamente recoge lo mismo que Shotlink pero en una muestra más variada. El proceso es simple pero lento: cada jugador marca con una equis el lugar donde aterrizó su bola en un mapa del campo para luego introducir sus registros manualmente en el ordenador. La base de datos de Golmetrics contiene más de cien mil golpes pegados por doscientos jugadores distintos, entre edades de ocho y más de setenta años (incluyendo jugadoras del LPGA Tour, profesionales, universitarios y aficionados que entregan vueltas entre los sesenta y los ciento cuarenta golpes). A partir de ambos sistemas, simplemente se dedicó a analizar los datos obtenidos.
Esta es un ejemplo simple e incompleto de lo que Broadie consigue demostrar en Every Shot Counts:
1. Entre el 2004 y el 2012, los ganadores de los torneos del PGA Tour superaron a la media de participantes en 3,7 golpes por vuelta.
2. Los ganadores consiguieron superar a la media de participantes en 1,3 golpes por vuelta pateando.
3. Dividiendo este dato (1,3) por la ventaja total de los ganadores (3,7), se ve claramente que la contribución del putt a las victorias es de un 35%.
Esta proporción se reduce al 15% cuando se compara el rendimiento de los mejores golfistas en todos los torneos que han disputado, así como entre cualquier otro grupo de los que ha manejado Broadie (los mejores profesionales contra otros más mediocres, los mejores contra los peores amateurs…) Los golpes de tee a green contribuyen al 85% de las diferencias entre ambos.
No es únicamente la gran aportación de este libro, sino que cuenta con otra que, a largo plazo, podría ser más significativa. Se trata de los strokes gained (golpes ganados), una forma mucho más exacta de medir el rendimiento de los jugadores de golf que otras estadísticas más tradicionales (calles o greenes cogidos, recuperaciones, golpes desde el bunker, putts por vuelta…) Broadie explica el nacimiento de esta nuevo baremo partiendo de los orígenes de la programación dinámica, introducida por Richard Bellman a mediados del siglo XX. Pueden ver cómo funciona gracias a los strokes gained putting, que ya está siendo utilizado por el PGA Tour para medir el rendimiento en los greenes de sus jugadores. Básicamente, la mayor ventaja que representa es que se pueden comparar distintas áreas del golf. ¿Dónde consigue mayor ventaja un jugador, con sus drives o con el putter? ¿Por qué perdió el torneo, por sus tiros a green o por el juego corto? Hasta ahora, era imposible saberlo a ciencia cierta si se tiene en cuenta que, por ejemplo, las calles cogidas miden la precisión, mientras que los putts por ronda cuentan golpes (dos unidades distintas).
Esta es solo una parte del libro y si se deciden a leerlo, podrán averiguar otros datos de los más curiosos. ¿Cuál es la base del dominio que impuso Tiger Woods a comienzos de siglo? ¿Ha habido jugadores que ganaran más gracias a su putter que a su juego largo? ¿Quién obtiene más ventaja en las diferentes áreas del juego? Son cuestiones que se resuelven solo leyendo la mitad de la obra. La segunda, titulada Golf Strategy, está sobre todo basada en el putt y en cómo mejorar el rendimiento teniendo en cuenta los datos con los que cuenta el autor. Sorprende que no se refiera en ningún momento a Aimpoint, un sistema que lleva años vigente y que explica cada una de las certezas a las que se refiere Broadie. Al final del libro propone algunos ejercicios y juegos para mejorar en este área.
La importancia de esta obra radica en que es la primera que explica con exactitud y basándose en algo tan irrefutable como las matemáticas, que el golf no se acerca, ni mucho menos, a ser un competición de putt; más bien todo lo contrario. Se acerca más a un libro de divulgación que a los que nos tienen acostumbrados otros dedicados a este deporte (investigaciones periodísticas, ficción o históricos). Su lectura es amena y su comprensión está al alcance de cualquiera que sepa sumar y restar. Y ya lo saben, si alguna vez escuchan decir a un compañero de partido algo como “en el golf, todo se reduce al juego corto”, tienen una referencia para comprobar que está equivocado.
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