Cuatro años de sequía, cien torneos sin ganar, una montaña de estadísticas en contra. A todo eso, y a un buen puñado de rivales, se enfrentaba Jim Furyk durante la última ronda del RBC Heritage en Harbour Town, prueba que dominaba hasta la última jornada un Troy Merritt en pos de su primer triunfo en el PGA Tour.
Furyk tenía una demoledora estadística de 0 de 9 cuando salía como líder a la cuarta jornada desde el Tour Championship que ganó hace cuatro años, pero esta vez llegaba por detrás. «Sólo» necesitaba un buen arranque para meter presión a los primeros en un campo que se ajusta como un guante a sus cualidades y en el que ya ganó en 2010. Cayeron seis birdies en los nueve primeros hoyos para asaltar la cabeza, y después de un breve paréntesis en el 11, donde cometió un inesperado bogey, respondió con birdies en tres de los cuatro hoyos siguientes.
El estadounidense del swing deslavazado pero efectivo empezó a creérselo y cerró el torneo con un par en el 18 que obligaba a sus rivales a una heroicidad en los últimos hoyos. Merritt, Todd y Kuchar, campeón defensor, estaban demasiado lejos y no hubo milagro de Spieth, undécimo al final junto a su compañero generacional y amigo Justin Thomas.
Pero por detrás venía un inédito Kevin Kisner que igualaba casi golpe a golpe el resultado de Furyk y demostraba carácter con un gran birdie en el último hoyo para empatar con el veterano. Angustia de nuevo para Furyk ante la atenta mirada del faro de Harbour Town, centinela de innumerables duelos cerrados en este torneo.
Ambos derrocharon calidad en el desempate y volvieron a jugar el 18 con un golpe menos del que figura en la tarjeta, para luego desplazarse al 17, hoyo donde Furyk encadenó su segundo birdie consecutivo y Kisner claudicó al fallar su putt por unos centímetros. Y llegó la celebración exultante, casi rabiosa, de un Furyk siempre correcto y comedido, lógico desahogo de muchas frustraciones acumuladas por un jugador tachado de segundón pese a su gran palmarés. Con 44 años tenía claro que volvería a ganar, pero las dudas se aferran a la psique.
«Empezaba a pensar que este juego me estaba ganando, y las derrotas implican más dolor que placer proporcionan las victorias. Creo que se ha había olvidado lo bien que sienta ganar», declaraba Furyk.
Ganar sienta bien, igual que sienta de maravilla la chaqueta de tartán que Furyk volvía a enfundarse en Harbour Town.
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