Hace siete días, al finalizar su última vuelta del Masters, Miguel Ángel Jiménez se plantó ante la cámara y el micrófono de Canal+ con el semblante serio, más de lo que cabría esperar de un jugador que había finalizado cuarto en uno de los torneos más duros y prestigiosos del mundo, la segunda mejor marca histórica para un «cincuentón» (detrás del tercer lugar de Sam Snead en 1963). «Lo he tenido cerca», explicaba, con cierto desencanto en el discurso, aunque no cabían reproches para quien lo había dado todo.
Algunos considerarán esta afirmación como una herejía chauvinista, pero Jiménez seguramente fuera quien mejor jugó en Augusta. Enhebró tiros imposibles a banderas exigentes con los palos más largos de la bolsa, golpes que otros afrontaban con hierros medios o cortos; se batió como un jabato en los difíciles tapices del Augusta National; luchó, en definitiva, como un jovenzuelo hambriento de gloria, resistiéndose una vez más a convertirse en un mero émulo de Sísifo en su enfrentamiento con los majors. La roca volvió a caer rodando por la pendiente, pero la mirada de Jiménez se clavaba en el infinito mientras imaginaba nuevos retos…
El primero lo tenía cerca, ante la plana mayor del circuito de veteranos estadounidense, gracias a la invitación del astuto patrocinador del Greater Gwinnett Championship que vio cómo su gesto se traducía en un notabilísimo impacto mediático a causa de la gran actuación del español en el Masters.
Su estreno en el Champions Tour fue arrollador, un 65 en el TPC Sugarloaf que dejaba claro que el de Churriana no había acudido al torneo a pasearse ni a saludar a viejos amigos. De nuevo se sentía invulnerable y la presión era para los demás, aunque fueran rivales tan cualificados como el mejor jugador de los últimos años en el circuito, el metódico Bernhard Langer, o el siempre favorito del público Fred Couples.
Si empezaba con 65, se despedía con un 67 que se antoja escaso para los méritos contraídos por el malagueño en la última vuelta. Fueron cinco birdies finales que bien podían haber sido siete u ocho en una vuelta magistral de banderas acribilladas y solo un par de compromisos. Y con el mismo atuendo, no sabemos si por casualidad o superstición, con el que firmó 66 golpes el sábado de la semana anterior en Augusta.
Al final del torneo, un eagle, quince birdies, un bogey y un doble bogey en 54 hoyos, -14 en el total y dos golpes de margen sobre Langer, un buen número de plusmarcas y récords igualados o batidos (primer invitado en ganar en el Champions Tour desde Phil Blackmar en 2009, tercer jugador que gana de principio a fin en su debut en este circuito, etc.).
Pero las cifras y los cantos de sirena de un circuito atractivo y posiblemente cómodo no le atraen. Jiménez, una vez superado este reto, no tiene intención de convertirse en el relevo generacional entre los veteranos. Su meta: una nueva Ryder, seguir engrosando su palmarés en el European Tour, luchar por más majors… Si Sam Snead lo tuvo en su mano en el Masters, Jack Nicklaus quedó sexto con 56 años en ese mismo torneo y Tom Watson rozó el sueño en el último Open Championship jugado en Turnberry, ¿por qué no lo va a lograr Jiménez? Y sí, somos conscientes de la compañía en la que le situamos: Snead, Nicklaus, Watson… Puede parecer exagerado, pero no debemos olvidar que el español es el «cincuentón» mejor ubicado en el ranking mundial de la historia de este deporte. Que el estereotipo y el carácter pintoresco no nos alejen de su grandeza.
Una vez superado este hito, el año se plantea lleno de alicientes. De momento, unos días para preparar su boda el próximo día 3 de mayo, aunque sospechamos que la luna de miel no va a ser lo larga que a la novia le gustaría. Ante sí, tres majors y una Ryder en Gleneagles que se ha convertido en el faro que guía su temporada, mucho trabajo por delante para seguir dándole la vuelta al reloj con cada torneo que juega, para lograr que la roca se quede en lo alto de la montaña mientras él se fuma un puro satisfecho por un nuevo triunfo.
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