Desde 1994, se han disputado nueve ediciones de la Presidents Cup. Estados Unidos ha salido victorioso en siete ocasiones mientras que el equipo internacional consiguió arrancar un empate en 2003 y ganar en 1998, en el mismo campo en que mañana comenzará la décima edición: el Royal Melbourne Golf Club. Se trata de una obra maestra de la arquitectura, La Meca del golf australiano, y esta semana estará en unas condiciones firmes y rápidas. Hace unos días, Geoff Ogilvy resumió a la perfección los problemas que plantea al jugador : “Fallar la calle por el lado bueno es mejor que quedarse en calle por el lado malo, al igual que en el Augusta National”.
Entre el jueves y el domingo se disputarán once puntos en partidos foursome, otros once en fourball y doce más en individuales, todos ellos en match-play, y el equipo que quiera alzarse con la victoria deberá contar con un mínimo de 17,5 puntos de los 34 totales. Ambos combinados cuentan con jugadores que están en mejor forma que otros, con más o menos experiencia en competiciones por equipos y que responden con su mejor versión en situaciones comprometidas. En definitiva, ambos cuentan con factores a favor y en contra que podrían inclinar a un lado u otro la balanza.
La historia de este torneo demuestra no solo que los jugadores estadounidenses se adaptan mejor a esta competición, sino que además han presentado siempre un mejor plantel de jugadores. El estado de forma deja de ser un argumento relevante cuando los estadounidenses se han llevado siete de las últimas nueve ediciones. Sencillamente, han contado con un juego de más quilates que los que jugadores internacionales. La emoción y el destino de esta competición pasan en gran medida por un cambio en las tornas, un giro copernicano que nos muestre un futuro distinto, acompañado de la mejor versión de Adam Scott, Charl Scwartzel, K. J. Choi y compañía.
Greg Norman sabe de la importancia de esta edición y no ha querido medir esfuerzos y alejarse de la polémica. En su papel de líder del equipo ha pasado por ser la voz de todos sus jugadores durante las semanas previas a la competición y podemos esperar a un plantel de guerreros de varias nacionalidades, alimentando los gritos del público australiano y aprovechando el factor campo hasta las últimas consecuencias. La misma receta, campo y agresividad, funcionó en el Royal Melbourne en 1998 (20½ a 11½) y estuvo a punto de reeditarse en 2003 de la mano de otro motivador de raza, Gary Player.
Sus armas como capitán han apuntado siempre a las dudas de este equipo, recogidas en la figura de Tiger Woods. Primero, cuestionando su presencia en el equipo en detrimento de Keegan Bradley y segundo, enfrentándolo directamente a Steve Williams, perdón, Adam Scott, desde el primer día de competición. Norman sabe que si Tiger está pletórico sus compañeros van a sentirse invencibles y ha disparado directamente al objetivo, sin rodeos ni mensajes subliminales. La respuesta de Couples fue rápida y certera: “Siempre será el mejor jugador del mundo”; y le emparejó con el que hasta ahora ha sido su mejor compañero en competiciones por equipos, Steve Stricker. Todos las miradas estarán fijas en este partido y entonces los intercambios de declaraciones dejarán paso a algo mucho más interesante: la respuesta de Tiger Woods.
Couples cree que sólo dejando a los suyos hacer su trabajo conseguirá la victoria y, sobre el plantel, no le faltan razones. El rendimiento de la mitad del equipo internacional es una incógnita. ¿Están Retief Goosen y Ernie Els en su mejor estado de forma? ¿Responderá Ryo Ishikawa con tan solo veinte años? ¿Es Kyung-tae Kim un rival a la altura de, por ejemplo, David Toms? Todas estas dudas explican en parte la estrategia que ha adoptado Norman y el devenir de esta competición durante sus ediciones anteriores. El equipo estadounidense está formado por jugadores que juegan el mismo circuito, hablan el mismo idioma y llevan viéndose las caras durante todo el año; pero además representan a su país frente al resto del mundo, un orgullo que sólo pueden ver cumplido en la Ryder Cup y algunos afortunados en los futuros Juegos Olímpicos. Es sólo una razón, pero puede llegar a ser lo suficientemente importante como para ganar otra Presidents Cup, y sin duda es una ventaja.
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