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Zona Pro

Los mejores jugadores sin un major (I)

Enrique Soto | 15 de noviembre de 2011

Si hay un método para discernir cuál ha sido el mejor jugador de la historia del golf es a través de su número de victorias en majors. Es complicado comparar a jugadores de épocas tan distintas como los años 50 y esta primera década del siglo XXI, a uno que irradia talento como Phil Mickelson con otros que vieron sus carreras alteradas por el transcurso de la II Guerra Mundial, como Byron Nelson o Gene Sarazen. Aunque todos los baremos sean subjetivos (y el de los majors también lo es, dado que no todas las estrellas han tenido las mismas oportunidades de disputar estos torneos a lo largo de la historia), parece una referencia más adecuada que la mera enumeración de logros acumulados en el día a día de cada circuito.

Los principales retos, sin embargo, no entienden de circunstancias. Se basan en una premisa tan simple como superar los dieciocho majors que ganó Jack Nicklaus a lo largo de toda una vida, sin importar los vientos que soplen ni los enemigos que surjan. Tienen ese punto épico que nos asombra y en un momento dado también nos inspira. No sabemos si ganar uno de los grandes torneos es más difícil ahora que hace cincuenta años, pero seguimos reconociendo su valor y seguimos distinguiendo a los mejores del resto de los mortales si consiguen solo uno de ellos. Los siguientes jugadores están llamados a hacerlo. Su juego, su mentalidad y sobre todo, su talento, nos hacen pensar no solo que pueden, sino que están obligados a ello.

El primero de los llamados a conseguirlo se llama Luke Donald. Con los números más recientes delante, es el mejor. Desde que fuera vital en la victoria de Europa sobre Estados Unidos en la Ryder Cup de 2010, su confianza y su juego se han vuelto sólidos como una roca. Paradigma de la regularidad, promedia menos golpes que cualquier otro jugador por vuelta y responde en los greenes con una confianza que a veces asusta. Este año se ha consagrado no solo como un gran jugador sino también como una referencia. Se marcó el objetivo de ser el primero en la lista de ganancias del PGA Tour y acudió al último torneo del año pese a que solo le valía ganar. Lo hizo. Dentro de la regularidad que ha mostrado, en Donald se puede ver un proceso de maduración, ya que comenzó el año con el objetivo de ganar torneos y terminó demostrando que es el mejor. En un momento en que nadie dominaba el PGA Tour, el chico de los múltiples top 10 dio un golpe encima de la mesa y se convirtió en el número uno. Toda una declaración de intenciones, un verdadero golpe de estado. Un cuarto puesto en el Masters y un octavo en el PGA Championship demuestran que le falta sólo un peldaño más, y Luke tiene la convicción necesaria para superarlo.

El caso de Sergio García está rodeado de ecos del pasado. Lleva la etiqueta de ser el mejor jugador sin un major desde hace unos cuantos años. Siete victorias en el PGA Tour y diez en el Circuito Europeo hablan de un jugador de gran talento; sin embargo, lo que Sergio ha estado cerca de ganar es mucho más representativo de sus capacidades. Acumula nada menos que diecisiete top 10 en majors a lo largo de su carrera y en muchas ocasiones ha tocado con la punta de los dedos la victoria. Un putt que no entraba, un mal hoyo en su última vuelta… Siempre ha habido algo que le ha mantenido alejado de una victoria en uno de los grandes. El Niño no llegaba a cumplir con las expectativas que le había marcado el mundo del golf y, en un momento dado, se rompió y pasó prácticamente tres años en la sombra recomponiéndose. Hace unas semanas volvió a liberar su juego y ganó dos torneos consecutivos: el Castelló Masters y el Andalucía Masters. Ahora ya no necesita ganar y los birdies se suceden. En el caso del de Borriol, no es necesario argumentar su talento con números. Basta con verle pegar a la bola.

Lee Westwood, al igual que Sergio, también ha llevado durante años la etiqueta de aspirante a major. Muchos otros jugadores con menos juego que el inglés consiguieron la victoria sin tantos obstáculos por el camino. Durante la última Ryder asumió responsabilidad y liderazgo dentro del equipo y no le vimos desencajarse en ningún momento; es más, a medida que el papel lo requería Lee demostraba estar preparado para la ocasión. Un semblante tranquilo, la mirada fija en el objetivo y un swing fluido, casi líquido en momentos de presión le delataban: estaba llamado a ganar más. Siguen pasando los años y sigue sumando apariciones en majors con top 10, en 2011 quedó tercero en el U.S. Open y octavo en el PGA Championship. Falta algo y probablemente se trate de algo más que el acierto o que se den las circunstancias propicias. Su juego largo es brillante, no le falta convicción pero sus putts siguen sin entrar. Es su talón de Aquiles y determinará en gran medida su viaje durante el año que viene. En su caso no hablamos sólo de una opción porque Westwood siempre ha sido un firme candidato.

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