Me gusta el golf cuando emociona, cuando permite que afloren los sentimientos y nos regala comportamientos esencialmente humanos, lejos de los convencionalismos a priori impuestos para un deporte con vitola de burgués. Me encantó el abrazo de Day con su caddie y entrenador Colin Swatton y enseguida me recordó al que se dieron Phil Mickelson y Jim “Bones” Mackay después de que el zurdo embocara el putt de la victoria en su primer Masters, allá por 2004. Pero si aquel fue un abrazo de hermanos, el del jugador australiano y su mentor fue prácticamente el que un hijo le regala a un padre como reconocimiento de todo cuanto le debe.
Me gusta el golf cuando nos deja enseñanzas que van más allá de lo técnico y lo táctico, cuando nos inspira e incita, con historias como la de Jason Day, a perseverar y seguir picando la piedra que se alza en nuestro camino. Que el australiano lograra al fin lo que su juego y su ética de trabajo llevaban tiempo mereciendo viene a recordarnos que toda gran empresa empieza un lejano día con la manifestación pública de un sueño seguida de un fatigoso madrugón. Soñar es la parte fácil. Levantarse el día siguiente y recorrer el largo camino del entrenamiento y la preparación con una sonrisa, lo más complicado.
Me gusta el golf cuando tras setenta y dos hoyos, aunque haya malos botes, lies o corbatas por el camino, termina seleccionando con mimo y justicia a su ganador. No es fácil hacerlo entre planteles tan extensos y repletos de talento, pero anoche, nuevamente, lo logró. Que Day y Spieth compartieran el último partido y se disputaran el trofeo Wanamaker es una buena muestra de que de aquí en adelante, más allá de swings consistentes que dibujen vuelos de bola rectos y poderosos, será necesario jugar provisto de una mentalidad de acero, con una capacidad asombrosa para soportar la frustración y con la determinación con la que esta nueva hornada de jugadores jóvenes está monopolizando el circuito.
Me gusta el golf y me doy cuenta de ello cada vez que termina el PGA Championship. Ya fuera tras aquel en el que un adolescente de Castellón pusiera en aprietos a Tiger Woods o después de aquel otro en el que Rory McIlroy se impusiera en la más absoluta penumbra, siempre terminé pensando lo mismo. Que me gusta el golf, vaya, y que no hay torneo donde este brille más que en el cuarto grande del año, en campos preparados por profesionales para profesionales.
Enhorabuena a Jason Day por su primer grande. No será el último. Y enhorabuena a todos vosotros
1 comentario a “Me gusta el golf”
Te felicito por lo escrito. Muchas gracias
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