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Zona Pro

¡Otro ataque de G-Mac!

Enrique Soto | 19 de mayo de 2013

A estas alturas del año 2010, Graeme McDowell era un completo desconocido. Había conseguido ganar cuatro veces en el Circuito Europeo a lo largo de siete temporadas y su rendimiento estaba lejos de ser consistente. Una décima posición en el PGA Championship era su mejor registro en un grande. Algo sucedió en los primeros meses de aquel año, un momento o chispazo que fue haciendo crecer la confianza del norirlandés como si de una corriente eléctrica se tratara. No sabemos a ciencia cierta qué fue o cómo llamarlo, pero ese algo fue ganando protagonismo en su cabeza y desembocó en su quinta victoria en el viejo continente, en el Abierto de Gales. Dos semanas después, se convirtió en el primer europeo desde Tony Jacklin en vencer en un U.S. Open (1970).

Eran días de vino y rosas para Graeme, que a sus 31 años fue capaz de levantar un trofeo en cuatro ocasiones (Gales, Pebble Beach, Valderrama y California) y encarnarse como el héroe del equipo de Colin Montgomerie en Celtic Manor. Todo lo que tocaba se convertía en oro y los tabloides se rendían a las continuas exhibiciones: “¡Otro ataque de G-Mac!”, titulaban ante su contundencia en las últimas jornadas. Después de eso, como a otros grandes campeones, le sucedió el vacío. Cambio de palos, contratos, patrocinadores y expectativas, que suelen ser el caldo de cultivo sobre el que se entierran prometedoras carreras. G-Mac pasó de ser la Mano de Midas a un jugador mediocre incapaz de cerrar torneos; titubeante donde antes era decisivo.

“Me exigí demasiado a mí mismo”, declaró hace unos meses, consciente de que el dorado 2010 no podía ser su móvil, sino un efecto incontrolable, derivado de un trabajo silencioso y continuo. McDowell volvió a ponerse el mono de labor y ganó de nuevo en territorio de Tiger Woods en diciembre de 2012, su particular antesala de los grandes resultados. Este año no podemos dejar de mirar sus números: quinto en precisión con el driver, decimocuarto con el putter, séptimo en media de golpes y primero cuando tiene que recuperar alrededor de green. Una victoria en el RBC Heritage, tres top 5 y un noveno puesto adornan su ficha del PGA Tour.

El norirlandés ha conseguido durante las últimas semanas algo por lo que muchos golfistas sueñan durante una década: traer de vuelta sus grandes virtudes a los escenarios importantes. Al igual que en 2010, no falla una calle y se está mostrando más contundente que nunca en los putts inferiores a tres metros. Valga como muestra su partido ante Branden Grace, en las semifinales del Volvo World Match Play Championship: siete birdies en 16 hoyos y ni un solo error en su tarjeta. Eso, en un campo que atraviesa acantilados y está diseñado para romper rachas de buen juego, lleva la firma infalsificable de un campeón de U.S. Open. El sudafricano llevaba una vuelta de menos cuatro cuando salió derrotado en el green del 16.

Ganar, sin embargo, es un viaje largo y lleno de dificultades. Para hacerlo regularmente, como ha demostrado Tiger Woods, hace falta algo más que jugar bien. No es necesario rayar la perfección para imponerse a tus rivales. McDowell se enfrentaba a Tongchai Jaidee en la final y llevó a cabo una aplicación práctica del manual de instrucciones que el número uno escribió en Sawgrass. En el 6 se encontraba dos abajo tras un despliegue mediocre por su parte, limitándose a contemplar cómo el tailandés no iba a fallar tan fácilmente como otros oponentes. En el 7 redujo distancias, aún buscando su mejor versión. En el 12 la encontró y cerró el partido con tres birdies en cuatro hoyos.

Ha pasado ya tiempo desde aquel dorado 2010, en el que ganara cuatro veces entre junio y diciembre. A mediados de mayo de 2013 ya lo ha hecho en dos, en circunstancias tan distintas como los greenes de cristal del PGA Tour y la exigencia mental que siempre plantea el match play. Es imposible viajar al pasado, pero estamos ante un buen día para titular de nuevo: “¡Otro ataque de G-Mac!”.

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