No es la primera vez que ocurre. Un comentario precipitado en un entorno supuestamente amigable provoca una tormenta de reacciones… y cuando ese comentario además tiene connotaciones racistas, la tormenta se convierte en huracán de magnitud cinco.
Hace algo más de año y medio, en la cena anual de entrega de premios a los caddies del HSBC Champions, Steve Williams se salió por la tangente al hablar de la victoria de su jefe Adam Scott en el Bridgestone Invitational de 2011 en los siguientes términos: “Mi objetivo era metérsela por su negro culo”, refiriéndose al trasero de su antiguo patrón, Tiger Woods. Lo que pretendía ser un chascarrillo más o menos afortunado adquirió un matiz racista y se convirtió en un auténtico problema para Williams y, sobre todo, para Adam Scott, que se tiró varias semanas encajando preguntas al respecto.
La situación es muy similar a la ocurrida durante la noche del martes. Rodeado de amigos, y respondiendo a una pregunta desenfadada, Sergio García tocó un tema tabú y recordó con su mención al pollo frito al que “invitaría” a Tiger Woods a otro comentario desafortunado de Fuzzy Zoeller en 1997, que recurrió al mismo estereotipo social por primera vez en el mundo del golf.
Pero hay una notable diferencia entre desafortunado (o atolondrado, o el adjetivo que el lector crea más conveniente) y racista. No pretendo cuestionar la inmersión cultural de Sergio en Estados Unidos ni preguntarme si realmente desconocía el antecedente de Fuzzy Zoeller como afirma (tampoco hay que dudar de su palabra), ni mucho menos justificar sus acciones, pero el incidente del pollo frito me recuerda más a aquella célebre foto de la selección española de baloncesto achinándose los ojos antes de los Juegos Olímpicos de Pekín, que fue considerada allende las fronteras (sobre todo en el mundo anglosajón) como un ataque frontal a la comunidad asiática.
Sin duda, Sergio traspasó una línea peligrosísima y lleva sintiendo las repercusiones desde unos pocos minutos después de pronunciar aquellas palabras, cuando saltaron sus alarmas internas (tarde) y sintió lo que estaba a punto de suceder. Pero fueran cuales fuesen los antecedentes, sería una temeridad tachar de racista a Sergio por una gracieta más o menos acertada e inoportuna.
Sus disculpas no parecen una mera labor de contención de daños, aunque George O’Grady y Tim Finchem, mandamases de los principales circuitos, le llamasen a capítulo y su principal patrocinador, TaylorMade, marcara distancias con el jugador español.
Igual que no tuvo empacho en hablar en su momento de su mala relación con Tiger, a Sergio no le han dolido prendas a la hora de disculparse y lo ha hecho en reiteradas ocasiones, y ya ha declarado que quiere hablar con Woods cuanto antes para dejar zanjado el tema. Ya solo falta ver si la barrera de las disculpas es capaz de contener la tormenta desencadenada… especialmente cuando Sergio García cruce el charco para volver al PGA Tour.
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