A simple vista la solución al dilema planteado en el título del artículo puede parecer sencilla. ¿Quién rechazaría sumar una victoria en el principal circuito golfístico del mundo ante uno de los planteles más potentes de la temporada, con un suculento cheque por encima del millón de dólares y con una exención de dos años en el todopoderoso PGA Tour, además de posteriores invitaciones al propio Masters de Augusta, US PGA Championship, dos de los cuatro campeonatos de las Series Mundiales de Golf (HSBC Champions y Bridgestone Invitational) y el winners only de Kapalúa?
Ahora bien, hagámosle esta pregunta a las grandes estrellas de este deporte, verdaderos amasadores de (petro)dólares y donde un torneo de “exhibición” aparentemente no remunerado como la Ryder Cup se encuentra entre sus oscuros objetos de deseo. Y la respuesta no parece tan clara si además deslizamos una estadística que refleja que, a excepción del rara avis de Phil Mickelson en 2006, ningún ganador ha sido capaz desde la llegada del nuevo milenio de encadenar el entorchado en la antesala del Masters con el más difícil todavía en los greens de Augusta.
Lo cierto es que, a diferencia del tenis, y si dejamos al margen a un Tiger Woods en versión “on fire”, resulta complicado ver a un golfista adjudicarse más de dos o tres campeonatos por temporada, como para encima pedirle que lo haga consecutivamente. ¿Los motivos? La resaca de la victoria, la pura estadística, la naturaleza descarnada del recorrido del Augusta National, el estrés emocional que aumenta a medida que avanza la propia competición especialmente al afrontar por cuarta y última vez el Amen Corner, la calidad de los adversarios, los miles de aficionados que abarrotan el recinto (situación que podría influir en los jugadores no acostumbrados al PGA Tour, donde la asistencia de público puede hasta triplicar la de su correspondiente torneo del Circuito Europeo, por poner un ejemplo)… Toda una amalgama de factores psicológicos, físicos y sociales para intentar comprender el hecho que nos ocupa en este artículo.
Ciñéndonos al Masters, solo en cuatro ocasiones un ganador de la semana anterior ha conseguido imponerse en la verde Augusta. En el lejano 1939, Ralph Guldahl se adjudicaba el Greater Greensboro Open para luego llevarse la chaqueta verde, una proeza que Art Wall repitió 20 años después al ganar consecutivamente el Azalea Open y el Masters. Después, tendrían que pasar casi tres décadas para que el hecho se repitiera, esta vez a cargo de Sandy Lyle, mientras que el último golfista en hacerse con este meritorio doblete fue Phil Mickelson en 2006, cuando se llevó el BellSouth Classic para luego ganar su segundo título en Augusta.
Sin embargo, si rebajamos el umbral de éxito y buceamos en la hemeroteca del PGA Tour veremos cómo, si bien la victoria en el The Masters Tournament es algo quimérico, la disputa de la antesala del torneo de Bobby Jones sí podría predisponer a un buen resultado en el primer escaparate mediático de la temporada.
Durante la década de los setenta hasta tres golfistas supieron mantener las buenas vibraciones de su triunfo en el Greensboro Open (actual Wyndham Championship) y cuajar una más que notable actuación en los greenes del Augusta National: George Archer y el puertorriqueño Chi Chi Rodríguez, décimos en 1972 y 1973, respectivamente, y Tom Weiskopf, segundo en el Masters de 1975 y enésima víctima del Oso Dorado. Como curiosidad, cabe destacar que en la edición de 1978 un jovencísimo Severiano Ballesteros iniciaba su asalto al Olimpo golfístico con un entorchado en el Abierto de Carolina del Norte que dos años después se reflejaría en la primera de sus dos chaquetas verdes.
En 1983, después de triunfar la semana anterior, Lanny Wadkins asistió atónito desde su octava plaza a una nueva exhibición del genio de Pedreña. Un lustro más tarde, en 1988, el escocés Sandy Lyle añadía su nombre al de Guldahl y Wall al sumar a su segundo Greensboro el primero de los cuatro Masters que irían a parar consecutivamente a las islas británicas. Inmejorable broche para un torneo que cedía así su preciada ubicación en el calendario al Abierto de Texas.
Con la llegada de los noventa la situación estuvo a punto de repetirse, pero un paciente Ben Crenshaw aguardaría doce meses para acompañar su triunfo en el Freeport McMoRan Classic de 1994 con la segunda de sus chaquetas verdes (1984, 1995) y terminar así con el sueño de Davis Love III, segundo clasificado a un impacto. En 1999, David Duval arribaba a Georgia con dos victorias consecutivas en su bolsa, el The Players Championship y el BellSouth Classic. ¿Le afectó a su rendimiento en el Masters? Se podría decir que no demasiado, a tenor de su sexta posición final a cinco golpes del guipuzcoano José María Olazábal.
Ya en el nuevo milenio, Phil Mickelson se descubrió como un auténtico experto en la cuenta atrás para el primer major de la temporada, con importante rédito posterior. Ganador del BellSouth Classic hasta en tres ocasiones (2000, 2005 y 2006), en esos años siempre terminó entre los diez primeros de la clasificación final del The Masters Tournament, con flamante chaqueta verde incluida en 2006. Entre medias, el sudafricano Retief Goosen, subcampeón a tres golpes de Tiger Woods en 2002 después de ganar la semana anterior.
Para terminar nuestro repaso, hay que destacar el tercer puesto de Anthony Kim en el Shell Houston Open de 2010, a cuatro impactos de… Phil Mickelson, probablemente el único que respondería a nuestra pregunta con un afirmativo “I do”.
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