La próxima semana asistiremos a la tradicional apertura de la temporada de majors del golf profesional masculino con una nueva edición del The Masters Tournament, el torneo de las “angustias” si parafraseamos al bueno de Miguel Ángel Jiménez. Los siempre inmaculados y verdes greenes del Augusta National volverán a desquiciar a alguno de los mejores golfistas del planeta… y decimos algunos porque si por algo se caracteriza este Masters de Augusta es por un peculiar sistema de clasificación que suele dejar fuera a algún que otro talentoso golfista internacional que no tiene la suerte (o la desgracia, según se mire) de ser miembro del todopoderoso PGA Tour.
Con el plantel de jugadores más reducido de todos los grandes, el The Masters Tournament solo emite entre 90 y 100 “invitaciones”, lo que por otra parte debería ser más que suficiente para reunir a los mejores golfistas del momento. Sin embargo, si a una nómina reducida le descontamos las presencias vitalicias (a diferencia del tenis, en el golf es costumbre invitar de por vida a los antiguos campeones) y las plazas reservadas a los mejores amateurs (ganadores del British Amateur, Asia Pacific Amateur, US Amateur Public Links, US Mid Amateur, y al campeón y subcampeón del US Amateur), nos encontramos con que las opciones de hacerse con un billete para Augusta son escasas y, ciertamente, muy caras.
Las puertas se siguen cerrando si además le restamos el reconocimiento que el propio The Masters rinde a los últimos cinco ganadores del Open Championship, el US Open y el PGA, y a los tres más recientes del “oficioso” quinto major, el The Players Championship; y el premio de consolación que ofrece a los otros finalistas en estas exigentes plazas de la edición precedente (top 12 en el caso de Augusta, top 4 en los restantes majors).
Cubierto el expediente de viejas glorias, promesas del futuro y los triunfadores más recientes, el The Masters se abre, por fin, a los jugadores más en forma de los últimos meses mediante un más que controvertido criterio que contempla a los vencedores de todos y cada uno de los torneos regulares de la FedEx Cup, Playoffs de la FedEx Cup incluidos, y a todos aquellos clasificados para la gran final del The Tour Championship, pero que se olvida del resto de grandes campeonatos que se disputan al otro lado del Atlántico.
Así, sobresalen llamativos agravios como el que permitirá que un golfista australiano desconocido hasta para los más expertos analistas de PGA Tour, como Steven Bowditch se sitúe el próximo jueves en el tee del 1 gracias a su victoria en el Valero Texas Open a pesar de continuar fuera del top 100 del ránking mundial; o el de su compatriota John Senden y el estadounidense Kevin Stadler, ganadores del Valspar Championship y el Waste Management Phoenix Open, respectivamente, pero incapaces de situarse dentro del top 50 de la clasificación mundial.
Al otro lado de la balanza, el barcelonés Pablo Larrazábal, por citar un ejemplo, se verá obligado a seguir las andanzas del resto de españoles a través de la señal de Canal+ Golf, a pesar de haberse impuesto a principios de temporada en un campeonato del European Tour con un nivel de dificultad comparable al de su equivalente en el circuito estadounidense, y estar afianzado en el top 65 de la clasificación mundial (tras su victoria en Abu Dhabi llegó a escalar hasta la quincuagésimo tercera plaza).
Y todo esto, ¿por qué? Porque para los rectores del The Masters Tournament parece que no existe golf fuera de los confines del PGA Tour. De hecho, la única posibilidad para la clase media-alta del golf internacional de hacerse la fofo en el Augusta National es a través del top 50 de la clasificación mundial a finales del año anterior y en la semana previa, respectivamente. Palabras mayores… a menos que te apellides Ishikawa y tengas detrás a la muy preciada audiencia nipona, lo cual se ha convertido en razón de peso para recibir una invitación hasta en tres ocasiones en los últimos cinco años, sin importar que no cumpliera ninguno de los requisitos mencionados en este artículo.
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